
El Bodegón Asturiano te reconcilia con la vida por muy malo que haya sido el día. Os contamos cómo nos fue en este almuerzo.
Pensar en Asturias es pensar en mesas de buen comer y en estómagos llenos regados con sidra. Y si Asturias tiene una delegación en nuestro distrito, es en la Avenida de la Ciudad Jardín (número 75). Aunque cambió de manos en los últimos meses, allí se sigue respirando con fuerza el sabor de las tierras de Don Pelayo.
Llegamos seis para comer en este emblema que ocupa el bajo del Centro Asturiano, toda una institución en Ciudad Jardín. La carta no puede ser más asturiana, pero no se conforma con los clásicos y poco más, sino que ofrece también platos como las cebollas rellenas o los huevos de campo con patatas y pimientos cuerno de cabra, o los tortos asturianos con morcilla y huevo, lacón o espárragos y tomate.

En nuestro caso y como, aunque parezca mentira, era nuestra primera visita, decidimos ir a los grandes monumentos asturianos. Para que pudiéramos probar de todo, decidimos compartir tres tapas de fabada entre los seis. ¡Y qué fabada! Las alubias están tiernas y empapadas por completo del denso caldo del guiso, bien reducido. La carne, la morcilla y el chorizo están bien guisados pero sin llegar a estar blandengues o dando la sensación de cocidos, y con un sabor suave pero intenso. Algunos hasta rebañamos la pequeña cacerolita y nos arrepentimos de no haber pedido seis tapas en vez de tres.
Para continuar, y como sirven de buen indicador para medir la calidad de un restaurante -por aquello de que es algo que puedes pedir en casi cualquier bar-, elegimos las croquetas de cabrales. Ocho por ración y con muy buena pinta. Por fuera tienen forma esférica y un color dorado, pero al probarlas descubres un empanado muy fino y muy crujiente y un interior suculento de cabrales que guarda el sabor de este emblemático queso pero con la fortaleza de su sabor tradicional algo más refinada. Un acierto.

Para completar el picoteo previo a lo que vendrá, y mientras nos instalan en la mesa la botella de sidra para regar lo que queda, decidimos atacar las patatas bravas con salsa tártara. Y muchos dirán que unas patatas con salsa las hace cualquiera, y es verdad. Pero no cualquiera las hace bien. Las patatas están fritas perfectamente y cortadas en trozos, con una corteza bien crujiente y un interior suave. Para los que teman este plato porque pique mucho, hay que decir que la mezcla de la salsa de tomate con la tártara crea un equilibrio en el que el pique es el justo.
Y por supuesto, para cerrar, había que consagrarse a esa maravilla de la que todos estamos enamorados que es el cachopo. Aunque en la foto podéis ver el tamaño, verlo en directo hace que se te haga la boca agua. Un empanado crujiente y una ternera bien aplanada para que el bocado no se convierta en un eterno masticar. Aunque el empanado pueda parecer muy oscuro, en ningún momento encuentras una parte quemada. El queso fundido sale denso por cada uno de los trozos y el jamón termina de culminar el relleno.

En definitiva, que podríamos haber seguido comiendo y pidiendo platos sin parar, porque todo nos apetecía y nos sentíamos como en casa. Y por un precio aproximado de 10 euros por cabeza, que no está nada mal. Volveremos y con gusto.



