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Via crucis: El oportuno desprecio a medio milenio de Historia

Cinco siglos no son nada. O eso parece. Una conjura de desprecio ha condenado al Via crucis de la Cruz del Campo, que cumple 500 años, al olvido.

La ciudad de las extraordinarias precoces y las coronaciones encadenadas siempre ha tenido criterios caprichosos para celebrar los hitos de la urbe. En la ocasionalmente débil memoria de la ciudad, el camino piadoso hacia una cruz en el campo puede decir poco, pero solo porque la centuria pasada debilitó hasta su extinción lo que era una tradición de siglos.

El Via crucis de la Cruz del Campo, ese que hoy vemos representado por una galería al aire libre de azulejos que va de la Casa de Pilatos al humilladero, fue solo la manera de formalizar en 1521 lo que los sevillanos ya habían hecho suyo mucho antes. El humilladero de la Cruz del Campo fue destino de plegarias y faro de los que a través de la penitencia buscaban una absolución o que se cumpliera lo pedido en una súplica al cielo.

Cruz de madera primero y templete más tarde, los historiadores dicen que el primer Via crucis a la Cruz del Campo tenía su lugar de llegada en un pilar en el que se encontraba una sencilla cruz de madera en el camino que conduce a Carmona. Quizá más cerca del centro que el lugar donde se alza hoy el humilladero.

Se celebran este año los 500 del regreso de Jerusalén del Marqués de Tarifa, cuando vino deslumbrado por las reliquias y la religiosidad de los lugares de la Pasión de Tierra Santa. De aquel viaje surgió la Capilla de las Flagelaciones de la Casa de Pilatos, con esa columna en el centro que viene a recordarnos el lugar en el que Cristo fue azotado. Y que es el punto de partida del histórico Via crucis que se celebraría por vez primera un año después.

Tras los ninguneos de distintas generaciones de sevillanos, el Via crucis fue condenado al olvido. Y a pesar de la restauración -y reposición en algunos casos- de los azulejos de las estaciones a finales del siglo XX, a los que mandan en el reino del incienso la amplitud de Luis Montoto les parecerá que tiene poco encanto para acoger el Via crucis del Consejo, ese invento del siglo XX que dio la puntilla final al verdadero origen de la Semana Santa, que no sabe de catedrales ni de carreras oficiales, y que tiene su corazón y su alma en la antigua calle Oriente. Era mejor sacar una imagen en andas por el centro, siempre el centro. En algunos temas, parece que las murallas nunca hubiesen caído.

Lo que la tradición dice que es la extrapolación del camino medido desde la residencia de Pilatos al Calvario hoy es solo una historia más que contar. Algunos hermanos, como los de Los Negritos, siguen rezando en Cuaresma de azulejo en azulejo guardando la memoria de uno de los ritos más antiguos de la ciudad. No en vano fueron custodios del humilladero durante mucho tiempo cuando la Capilla de los Ángeles se encontraba a su vera antes de mudarse a Recaredo.

Tenemos un año por delante para enmendar el entuerto, aunque parece que el único Via crucis conmemorativo de aquel que llegaba a la cruz de madera será el de esta noche de la Pía Unión que se celebra en el interior de la Casa de Pilatos, este año con las catorce cruces de las hermandades de aquel Via crucis urbano. Mientras la Semana Santa en Sevilla sigue alardeando de ser «manifestación pública de fe», los que deberían velar por el mimo de sus orígenes han condenado a aquel Via crucis al interior de un palacio, por mucho que ese día abra sus puertas. La penitencia original de la polvareda del camino en la garganta y el sol abrasador sobre la antigua calzada romana se ha encerrado entre frescos patios y rumor de agua de jardines nobles.

Quizás sea este año que va hasta la próxima Cuaresma un momento para, más allá de conciertos y exposiciones, reflexionar sobre lo que se celebra. Y recuperar, sin andas ni cortejos interminables, lo que simbolizó aquel camino de la Casa de los Medinaceli a una cruz sencilla junto a los Caños de Carmona. Qué mejor celebración que devolverle a la Cruz y al Humilladero lo que solo a ellos les pertenece. Derriben esas puertas de la muralla que aún siguen en pie en su mente y vengan a extramuros, viviendo cada paso, a plantarse ante la humildad del templete. No hacen falta cortes de calles ni nubes de incienso, ni candelabros de plata ni hilos de oro. Solo voluntad. La ciudad se lo debe al Vía crucis y a medio milenio de lo que hoy es la Pasión según Sevilla.

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