Semana Santa

Un mar de almas para un Cristo sediento

Del atardecer a la madrugada solo hubo un segundo. Que 50 años no son nada, y siete horas un suspiro cuando se le aguanta la mirada al Cristo de la Sed.

A Nervión ayer se le quedó la avenida pequeña. Eduardo Dato era la calle Águilas o Caballerizas, y este septiembre fue una primavera a contrapie en la que la rosa fue azahar. Cuando se abrieron las puertas de la Parroquia de la Concepción a las siete en punto de la tarde, a las abuelas que vieron el barrio crecer se les escapaba un suspiro entre los golpes de abanico. Y cuando el dorado canasto del Cristo de la Sed empezó a recibir la luz del atardecer, el suspiro se convirtió en una lágrima peleona que luchaba por salir.

Sonaba ‘Réquiem’ por Álvarez Duarte, y sobre el monte calvario de rosas rojas las gubias del imaginero soñaban con aquellas noches en la calle Aguiar en las que daban vida al Señor de Nervión. Con cada paso a golpe de corneta de Rosario de Cádiz, la tarde se derramaba sobre el asfalto y vestía la silueta del crucificado de un sepia cálido. Mientras, en San Juan de Dios esperaba una Sevilla que hoy quería haber nacido en Nervión.

Una alfombra de sal recibía al Cristo de la Sed en la puerta principal y más allá de las pilastras blancas donde el crucificado se mira en su azulejo, el palquillo más real que tenga ninguna cofradía. Los abuelos de San Juan de Dios, los que saben que los sábados son los días de recibir Esperanza, aunque hoy no venga de Ciudad Jardín. El gentío espera fuera en la avenida, porque tras las verjas lo que hay es un diálogo íntimo entre el Señor de Nervión y los enfermos. Y en ese balcón de una última planta invisible del hospital deben estar sonriendo el cardenal y el imaginero tras una barandilla de estrellas.

Avanza el Cristo de la Sed por las calles de su barrio, aquellas que recorrió esos Viernes de Dolores en los que los vecinos se asomaban a las ventanas para ver pasar aquel Evangelio según Nervión que un grupo de jóvenes hizo hermandad bajo la nave imponente de su parroquia. Entre pasillos de naranjos avanza el crucificado dejando en cada revirá un reguero de relojes parados en el instante eterno de hace medio siglo. Los pies de Dios, los costaleros de Nervión, avanzan entre el gentío con la seguridad de que estos 50 años solo son un ratito de todo lo que queda por vivir.

No hay esquina ni calle en la que el Señor esté solo, no hay familia que se haya quedado en casa. No hay noche en la que Nervión haya sido más barrio que esta. Se acerca la medianoche y el Cristo de la Sed rompe las tinieblas de Andrés Bernáldez para mirar de frente las ruinas de la Prisión Provincial. Como quedó en la memoria la ristra de nombres grabados en los pabellones de este lugar oscuro, el crucificado vuelve a las puertas de la cárcel a visitar a los cautivos y aunque no haya agua que calme su garganta, vuelve a mirar a los que siempre tuvieron sed de justicia. Viene más humano que nunca, sin potencias ni corona de espinas, para mirar a una cárcel que ya es solo una reliquia.

El Viejo Nervión arropa al crucificado que vio pasar durante años por sus calles, y que las estaciones de penitencia a la Catedral se llevaron por las amplias avenidas. La solitaria Mariano Benlliure es un mar de miradas que buscan la del Cristo de la Sed, que parece querer bajarse de la cruz para abrazar al barrio que le ha dado tanto en cinco décadas.

La noche va vencida de emociones, y con la última revirá en Cristo de la Sed, Nervión y Sevilla entera aguantan el aliento de una tarde gloriosa que ya se está convirtiendo en historia. A las puertas de la Concepción, la muchedumbre abarrota la calle para decirle un último adiós. Y entre sones de ‘Eternidad’ y ‘Señor de Nervión’, Dios baja poco a poco hasta su calvario de rosas rojas mientras en la penumbra de la parroquia su madre de ojos azules aguarda su llegada en vela, como solo las madres lo hacen. El reloj de la torre acerca sus manecillas a las dos de la madrugada y en el silencio la voz de Ricardo Almansa desgarra la noche entre el rumor ronco de los pies de los costaleros subiendo la rampa.

El pueblo parece pedir con la mirada pasitos cortos, que no quieren ver la espalda del Cristo de la Sed desaparecer en la oscuridad del templo. Los candelabros pintan con su sombra la silueta del crucificado sobre el dintel de la puerta y el sueño, cumplido, se va desvaneciendo en los ojos cansados tras siete horas de gloria. Con la puerta entrecerrándose tras la última gorra de plato blanca, el silencio se va desvaneciendo y nos damos cuenta entonces del cansancio. Nervión ha dado esta noche una lección con una de las salidas extraordinarias más sensatas y medidas que se recuerden. La hermandad joven del barrio joven se ha hecho eterna en sus propias calles. 50 años y siguen teniendo la mirada del niño, la que busca en la noche la mirada de ese Cristo. Cristo ya no tiene sed. El amor de Nervión la ha saciado.

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