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Templete de la Cruz del Campo: ¿Enfoscado o ladrillo visto?

El templete actualmente tras la restauración. Foto: Sergio Mazón.

Desde que comenzó su reparación, se ha abierto un debate sobre su imagen. Pero… ¿Es más fiel a su historia que el templete de la Cruz del Campo esté enfoscado o no?

Para gustos los colores, eso está claro. Pero en la era en la que cualquiera de nosotros parecemos ser expertos en Patrimonio, hemos acudido a un experto de verdad para preguntarle si es realmente una locura ver el humilladero enfoscado y pintado como muchos han denunciado por redes sociales, o si lo que realmente es anómalo es dejarlo con el ladrillo visto por completo como ha estado en algunos momentos.

El primer aspecto que nos sorprende de este debate es que surja justo ahora, aupado por la plataforma de Defensa del Patrimonio de Andalucía (ADEPA), con motivo de unas obras de reparación que se están realizando en el monumento. Se critica que se haya enfoscado y pintado, cuando el humilladero lleva enfoscado al menos 12 años desde su primera gran restauración en este siglo. Es decir, el cambio de imagen ni siquiera es de ahora, y el debate habría tenido más sentido hace más de una década.

¿Enfoscado o ladrillo a la vista?

Pero… ¿Es una atrocidad haber enfoscado el templete de la Cruz del Campo? Para responder a esto, le hemos consultado a Sergio Harillo, historiador del arte y gestor cultural, y autor del muy documentado blog Cultura de Sevilla. «Ni en el mudéjar ni otras épocas el ladrillo de se usó por lo general para que estuviera a la vista. No será hasta el Barroco cuando se consagre el ladrillo a la vista, pero un ladrillo de mucha mejor calidad. En épocas anteriores, tenemos el ejemplo del ladrillo renacentista que se ve del Archivo de Indias y que no tiene nada que ver con el ladrillo basto que se usa para construir un muro y luego se enfosca», explica Harillo.

No es que en las construcciones no se utilizara el ladrillo, sino que se utilizaban dos tipos del mismo. Por un lado estaba el ladrillo de baja calidad que se usaba como material de construcción con la idea de que luego no iba a ser visto, y por otro el ladrillo de alta calidad, más pulido y refinado que sí estaba destinado a que se viera. «La Giralda estaba enfoscada, no en ladrillo como la vemos hoy en día. El problema es que con el tiempo esos paramentos se han perdido. Muchas veces lo que se hacía con ese mortero es simular un despiece de ladrillo: sobre el ladrillo basto, se ponía el mortero de cal con el color que fuera con pigmentos naturales, y sobre ese mortero se dibujaba el ladrillo, como el de la fachada del Salvador. Pero estaba hecho a escuadra y cartabón y eran todos los ladrillos exactamente iguales», explica. En el Barroco, por ejemplo, sí hay ladrillo a la vista en el Palacio de San Telmo, pero porque Figueroa comienza a utilizar un ladrillo de mayor calidad y empieza a abundar su presencia.

En los grabados antiguos y pinturas que hicieron los paisajistas del humilladero, precisamente vemos hasta un humilladero encalado, más similar a lo que vemos hoy que a un monumento entero de ladrillo a la vista. «En el caso del templete de la Cruz del Campo no sabemos la decoración que tenía en su exterior, por lo que entiende que se haya elegido un color crema que pasa desapercibido y que hagan destacar las partes que sí iban en ladrillo», cuenta el historiador. Porque el humilladero sí tenía partes en las que el ladrillo quedaba a la vista: los arcos apuntados de cada uno de los vanos, que vemos que están hechos «con un ladrillo de mucha mejor calidad».

La Capilla de la Puerta de Jerez y otros ejemplos similares

Harillo explica que es el mismo caso que sucede con la Capilla de Santa María de Jesús, que fue de la primitiva universidad de Maese Rodrigo en la Puerta de Jerez. «Si te fijas en la capilla, sobre todo en la portada y la espadaña, el ladrillo que está a la vista es de muy buena calidad, no tiene nada que ver con el ladrillo basto del muro, que estuvo muchísimo tiempo a la vista y que en la última restauración que se hizo se enfoscó», explica el historiador del arte. Otros casos son la portada del Palacio de los Marqueses de la Algaba, en la que vemos también un ladrillo de mayor calidad que sí que estaba a la vista, o en la portada del Palacio del Rey Don Pedro del Alcázar.

Pero no es solo una cuestión ornamental la del ladrillo visto ni debe ser tratado como un capricho, ya que puede derivar en problemas para el monumento. «El hecho de dejar el ladrillo a la vista puede generar problemas de conservación, ya que el agua penetra por las llagas que hay entre ladrillo y ladrillo y por ahí entran sales y demás elementos nocivos», dice Harillo. El uso del ladrillo en los siglos que nos anteceden (mucho antes del regionalismo que sí apostó por el ladrillo a la vista como uno de sus señas de identidad) también se debía a una cuestión de materiales, ya que en las cercanías de Sevilla no había canteras de piedra. «La piedra se reservaba para edificios principales como la Catedral o el Ayuntamiento, porque se podían permitir traer la piedra desde el Puerto de Santa María. Lo demás, excepto algunos elementos como columnas o capiteles, se hacía con ladrillo», cuenta.

Pero el ladrillo que era de una gran calidad era el que se veía, no todo. Dejar un monumento con todos sus ladrillos al aire no es sinónimo de haber sido fiel a la esencia del monumento. Hay ladrillo que se colocó para ocultarse, solo como elemento estructural. Y sería el caso del que ha sido enfoscado en el Humilladero, ya que el único ladrillo refinado que hay en este monumento es el que ha quedado a la vista en partes como los arcos ojivales. Otra cosa son los gustos de cada uno, que ahí manda el concepto estético de cada persona.

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