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Los monjes asesinos del Convento de San Agustín

Puerta de Carmona, Caños y Convento por Richard Ford.

Una noche de verano de 1535 cinco frailes entraron en la celda del provincial de los agustinos. Así comenzó la historia sangrienta de los monjes asesinos del Convento de San Agustín de Sevilla.

El escenario de esta historia es el Convento de San Agustín, un recinto monástico con origen en el siglo XIII que llegó a tener 7.500 metros cuadrados -sin contar las huertas- y que estaba delimitado por los Caños de Carmona, la muralla paralela a la actual Recaredo, el emergente arrabal de San Roque y el arroyo Tagarete, cuyo cauce iba por la actual Amador de los Ríos. Hoy solo conservamos el claustro, la portada y el refectorio además de algunos restos puntuales del que fue el convento agustino más importante de Andalucía.

El Convento de San Agustín tenía mala fama en los dos siglos que preceden a esta historia. «Desde la mitad del siglo XIV hasta fines del siglo XV sufrió la corrupción de los claustrales, en que una libertad espantosa era la consigna del convento», cuenta Pascual Madoz en su ‘Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España’. Una vez llegado el siglo XVI, el convento tornó a lo que el autor llamó «un ejemplo de virtud». Pero en 1535 esa buena prensa quedaría arruinada por un terrible crimen.

Con nocturnidad y alevosía

Eran casi las once de la noche cuando cinco frailes se acercaron a la celda en la que descansaba el Provincial de los agustinos, Fray Juan de las Casas. Los cinco frailes, entre los que se encontraban los priores de los conventos de Sevilla y Córdoba, habían urdido una conspiración para acabar con la vida del provincial. Aunque los autores no dejan claro las motivaciones de los conspiradores, Ortiz de Zúñiga en sus ‘Anales eclesiásticos’ sí que alude a que no comulgaban con su manera de gobernar el convento. De las Casas fue incluso reprendido por su conducta por el General de la Orden Agustina, que incluso dejó caer que había cierta justificación en su trágico final, como esboza Aurora Domínguez en su introducción a ‘Dichos agudos y graciosos’ de Juan Farfán.

No sabemos cómo lo matan, pero sí que es con mucha violencia. Y que una vez consumados el crimen, los monjes asesinos le dicen al resto de los habitantes del convento que no le digan a nadie lo que allí ha pasado. Para dar apariencia de normalidad, a la mañana siguiente celebran misa con normalidad. Pero dos frailes se escapan de San Agustín para ir al arzobispo, entonces Alonso Manrique, y contárselo.

Condenados a morir

Es entonces cuando se informa al inquisidor y a la justicia civil, y cuatro de los cinco monjes son arrestados. El quinto, el padre José Escacena, no fue detenido por no haber sido descubierto. Pero a los pocos días, y según cuenta Ortiz de Zúñiga, la culpa le hizo confesar su complicidad a gritos en el refectorio, por lo que fue apresado. Los cinco fueron conducidos a las mazmorras del Castillo de la Inquisición de Triana. Allí fueron sometidos a penitencias y humillación, mientras el arzobispo acudía al Papa Paulo III en Roma, que instó al prelado sevillano a que terminara el proceso con los monjes hasta las últimas consecuencias.

Al volver, y tras la deliberación del tribunal creado para la ocasión, los monjes asesinos a excepción de Escacena fueron condenados a la horca. En julio de 1536 fueron sacados del castillo y llevados hasta las gradas de la Catedral, y durante el camino y en las propias gradas fueron vejados y humillados por dirigentes y público. El mismo público que fue en masa hasta los terrenos de tablada, donde entre llantos y súplicas serían ahorcados los cuatro frailes en la llamada Horca de Buenavista.

Cuando se alejó la muchedumbre, los monjes del Convento de San Agustín recogieron sus cadáveres y los llevaron a casa. Los enterraron junto a la puerta lateral de la iglesia que daba a los Caños de Carmona, que según cuenta Madoz fue tapiada a partir de ese momento. El quinto cómplice, el Padre Escacena, fue condenado a «perpetuo emparedamiento», lo que viene a ser una cadena perpetua encerrado en el convento hasta la muerte, que le llegó 48 años después. Sobre el lugar donde se encontraban las tumbas de estos monjes asesinos se levantan hoy varias casas regionalistas, frente a la manzana triangular de La Florida.

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