La Concepción se queda pequeña para el Cristo de la Sed

Mientras las primeras cofradías de Vísperas recorren Sevilla, mientras los primeros capirotes taladran el cielo azul de la ciudad, en la Parroquia de la Concepción se estiran las últimas horas de la eterna espera. El templo se quedó pequeño para ver al Dios del barrio de Nervión levitar en la noche.

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Si alguien sabe de barcas que navegan en la noche oscura es la Hermandad de la Sed. Bajo el palio de Consolación hay tantas barcas que representan a la Iglesia que lo difícil es localizarlas todas. Ayer el Cristo de la Sed caminó, como en Galilea, sobre las aguas, esas que pide para su garganta desde el madero. Solo que ese mar anoche era de ojos atentos a uno de los momentos más hermosos de la Cuaresma.

Al término del viacrucis con el crucificado por las calles de su barrio, los jóvenes que portaban las cruces del rezo apenas podían avanzar por una Parroquia de la Concepción en la que faltaba el aire. La muchedumbre hizo pequeño el templo, tanto que las andas que portaban al Cristo de Álvarez Duarte tuvieron dificultad para avanzar.

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En el centro del templo, completamente a oscuras y como un gigantesco faro, esperaba el portentoso paso del Cristo de la Sed con los candelabros encendidos. A la entrada del templo, la candelería encendida del palio de la Virgen de Consolación marcaba el camino a su hijo hasta el calvario que lo cobija cada Miércoles Santo.

Nervión lo mira atento desde el suelo de los mortales mientras las sogas se balancean desde la bóveda. Cuerdas no para el cautiverio, sino para una ascensión soberbia. El Cristo de la Sed se va levantando poco a poco, mientras la música sacra de la coral de la hermandad pone el sonido para el escalofrío. Es impresionante ver al Cristo de la Sed flotar en el espacio y en el tiempo sobre un altar de candelabros encendidos. La gente aguanta el aliento, y el tiempo se detiene.

Poco a poco la enorme cruz del Señor de Nervión va descendiendo hasta su calvario. Poco a poco, parece no moverse, parece que quiera seguir en las alturas de la parroquia un poco más. Solo un poco más, que no acabe el momento.

Una vez que el Cristo de la Sed reina sobre su recién restaurado paso, suena el martillo. A pulso levantan los costaleros para darle al Señor de Nervión la primera chicotá entre tinieblas. Muy lento, que no es noche de zancadas. Y cruza iluminado por la cera derretida de sus candelabros el aire cálido de los suspiros de los presentes en la parroquia. Así llega, en silencio, hasta la vera de la Virgen de Consolación, y en una revirá infinita se pone frente al altar para mirar a los ojos a la Inmaculada que con tenue luz preside la parroquia. No se mueve nadie. El Viernes de Dolores de hace 50 años deja caer el último pétalo del tiempo de la espera. Todo está consumado. La próxima vez que el Cristo de la Sed reciba la brisa de la primavera, será Miércoles Santo.

Miguel Pérez Martín

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