
Salimos. Respiramos. Y la belleza estaba ahí, intangible y sencilla al mismo tiempo, engrandecida por nuestra nostalgia.
Como cuando se acaba una relación, voluntariamente o no. Por muy sensatos que seamos, duele ver cómo a la otra parte le ha ido muy bien sin nosotros. Ha seguido su vida aunque ya no estemos en ella. Nervión ha seguido adelante mientras estábamos encerrados, con su primavera explosiva y su elegancia de regionalismo nostálgico, el que ha podido resistir a la especulación.
Este sábado hemos vuelto a salir a la calle. Por vez primera desde el inicio del confinamiento, me he alejado más de 50 metros de casa. Y estaba nervioso porque, en cierto modo, todo era nuevo. Elegí esa hora de la tarde en la que las avenidas juegan al teatro de sombras con el sol naranja del atardecer. ¿Han sido siempre tan bonitos los atardeceres en Eduardo Dato y Ramón y Cajal? Quizás siempre lo fueron, pero nunca los miré tranquilamente, nunca aprecié los destellos dorados de la tarde reflejándose en las señalizaciones del asfalto, como un estofado barroco urbanita.

Nada más salir por la puerta y enfrentarme a algo tan cotidiano como cruzar el portal, noto que algo es distinto. No he andado 20 metros cuando me cruzo con dos chicas con mascarilla. Yo también la llevo puesta. Nos miramos y seguimos, aunque escucho a una de ellas decir mientras se marcha: «Es que esto es surrealista». Y lo es en cierto modo. Somos ese futuro distópico que soñaron los guionistas de ciencia ficción en una versión de serie española. Me miro en el reflejo que me devuelve el parabrisas de un coche y me veo con media cara tapada. La mascarilla me hace ojazos, no os voy a engañar. Pero sigue siendo extraño.
En este tiempo la naturaleza ha ido recuperando su imperio en la ciudad. El verde ha colonizado los alcorques de calles enteras como Marqués del Nervión, y en algunos acerados la hierba crece libre entre las juntas de las losetas. En el Parque García Lorca las buganvillas parecen pintadas por Bacarisas, y la mediana de San Francisco Javier está vestida de un río de rojo intenso bajo la frondosidad de los árboles. Esa mediana que tiene sentencia de muerte por la ampliación del tranvía está haciendo su última alegación de primavera, para ver si hay indulto. A los pies de un árbol de gran porte de Marqués del Nervión ha nacido una familia de setas con las lluvias de las últimas semanas.
La gente ha salido, no es que haya cuatro personas en la calle. Pero no veo nada escandaloso, al menos durante esa hora en la que recorro buena parte del distrito. Se intenta mantener los dos metros, mucha mascarilla e incluso alguna pantalla transparente que choca a los viandantes. Los saludos, desde lejos. Las conversaciones, breves. Una mujer en la puerta de su bloque con las mallas puestas me saluda y me dice que ella no sale, que ha bajado a andar por el portal. Es la necesidad de un espacio nuevo más allá de las cuatro paredes que tenemos tan vistas, pero es también el miedo a esa calle que antes era sinónimo de alegría.

Las avenidas se parecen un poco a aquellas estampas de principios del siglo XX cuando estas vías eran bulevares y los vecinos salían a pasear entre árboles. Los coches se han visto desplazados y San Francisco Javier o Eduardo Dato, y vemos por primera vez la grandeza de estos espacios colosales destinados a los vehículos motorizados. Ante el Hospital de San Juan de Dios, las motos eléctricas de alquiler cogen polvo en una hilera perfecta. Los carriles bici vuelven a ser lo que fueron, y el trasiego de gente que pedalea es continuo. Ojalá hayan vuelto para quedarse.
Miro al cielo. Nunca había visto tantas golondrinas, ejecutando su pieza de ballet sobre el decorado de un cielo azul que tampoco antes se había presentado tan limpio. Me paro a la mitad de Eduardo Dato, un cartel de ‘Se alquila’ cuelga deslucido tras un escaparate sucio sin nadie que lo limpie. No quiero ni imaginarme los que vendrán, la de sueños rotos que va a dejar esta pandemia. Puede que también los míos.

A través de la mascarilla y ante la ausencia de los tubos de escape, huelen con fuerza las flores de los parterres y los geranios que se descuelgan desde los balcones. Pero también huele en algunos tramos el desinfectante que nos recuerda que nada de esto es normal. Que el olor a centro de salud en plena calle ha venido para quedarse, al menos un tiempo. Desde la azotea de los Redentoristas, el cura ejerce de dj poniendo para el barrio las canciones que le piden por redes sociales. Suenan los Rolling Stones en Divino Redentor mientras tres mujeres se paran a pedir ante la enorme lona de María Auxiliadora que ocupa la puerta de la iglesia de las Salesianas.
El sol se derrama en su agonía diaria sobre los tejados de San Bernardo. Y las jacarandas visten con una alfombra morada el pregón de mayo en Ramón y Cajal. Los hijos van al encuentro de sus padres en las terrazas frente al Sánchez-Pizjuán dormido y huérfano de bufandas y cánticos. Miro una última vez la calle antes de entrar, respiro hondo a todo lo que da la mascarilla y me digo a mí mismo que queda un día menos. El paseo se me ha pasado volando. No sabía lo que te echaba de menos hasta que he vuelto a mirarte a los ojos, Nervión. Eres el hogar fortuito al que siempre podemos volver, donde vive el niño que seguimos llevando dentro, el que hoy ha despertado para mirarte como si fuera la primera vez.



