Semana Santa

Hoy te he mirado a los ojos, Consolación

Hoy te he mirado a los ojos, Consolación. A esos ojos azules como el hielo, a esos ojos que, como el mar profundo, entrañan más misterios que certezas.

Hoy te he visto y ya es solo un recuerdo más que sumar a este álbum que llevo, caótico, en mi cabeza. Te he visto llegar de mañana a un hospital en el que solo estaba quien tenía que estar. El barrio que se ha echado agua fría en el rostro al despertar para acompañarte.

Te he visto entrar en San Juan de Dios, Consolación, y mira que te habré visto veces. Pero hoy ha sido distinto. No has entrado con la gloria de las multitudes con la que entraste hace 25 años, ni con el bullicio propio de cada Miércoles Santo. Has entrado discreta, como la madre que entra a arropar en la noche al niño dormido que se mueve en sueños demasiado. Has entrado como el que entra intentando no hacer ruido, que los enfermos quizá duermen todavía. Y ellos son lo más importante.

Hoy te he mirado a los ojos, hoy que venías sin el ornamento y sin la pompa propia de esta Sevilla que cada abril vuelve a la voluta eterna de la plata, y he entendido la otra mitad de la historia de estos 50 años de Sed en Nervión. Hoy he sentido el escalofrío de Dubé de Luque cuando te vio por primera vez tras el último golpe de cincel en su taller. Y, al entrar en el patio de San Juan de Dios, me he preguntado de qué va todo esto.

De qué va la plata, para qué las flores frescas resucitando la primavera entre la luz de tus velas, por qué esta mañana de rosario en octubre, qué significan estos cincuenta años contigo en el barrio de Nervión… Y ha sido tras la misa en San Juan de Dios cuando he entendido, yo tan alejado de los púlpitos en los últimos tiempos, el sentido de que hoy estuvieras en el hospital, portada en andas sencillas y con un coro de campanilleros acompañándote.

Hoy te necesitaban en San Juan de Dios como el niño necesita a la madre cuando las lágrimas le enturbian la mirada. Qué cerca estás siempre del hospital, y qué lejos para los que su mundo se ciñe a lo que ve a través de su ventana. Hoy  te has quitado la corona, Consolación, para salvar el dintel de la puerta del hospital. Y hoy le has dicho a los que ya no tienen apenas esperanza que, ante todo, eres mujer que todo lo abraza. Lo bueno y lo malo, el terror y la gloria.

Hoy lo de menos era el recorrido, Consolación. Insignificantes las flores y solo un adorno la música. Porque hoy he visto las sillas de ruedas ponerse frente a ti cuando nadie miraba. Hoy he visto ancianas de espaldas descubiertas por el cierre de la bata presentarse ante tus ojos azules que reflejan el cielo de Nervión que, quizá, esas ancianas transitarán en los próximos meses. Allí les espera Álvarez Duarte y los que contaban historias del Viejo Nervión sentados en las puertas de sus casas cuando el calor apretaba. Los vecinos que vieron el barrio crecer y transformarse en lo que es hoy.

Hoy no sé ni qué calles has recorrido, ni qué marchas han sonado tras tus andas. Da igual. Hoy te he visto llorar y sonreír al mismo tiempo en el vestíbulo del hospital. Te he visto mirar con tus ojos de cristal a tus hijos y cómo ellos encontraban en el mar de tus ojos el consuelo. Hoy me ha parecido verte cogerle la mano a los olvidados, los que ya no tienen quién se la coja. Y eso, tan sencillo y al mismo tiempo tan grandioso, hace que todo lo demás valga la pena.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
X