Gratitud centenaria ante el crucifijo de San Agustín

Voto de gratitud Cristo de San Agustín

Es una de esas tradiciones que han perdurado en el tiempo, aunque muchos no la conozcan. Anoche en San Roque los maceros del Ayuntamiento de Sevilla y la guardia de gala precedían a la corporación municipal en la renovación del voto de gratitud al Cristo de San Agustín.

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La historia se remonta a 1649, cuando la peste era el peor de los ángeles de la muerte que recorrían Europa. Sevilla, cercada por la enfermedad que corría como la pólvora dejando un reguero de muertos, veía cómo su población podía verse aniquilada. Fue entonces cuando la ciudad se encomendó al crucifijo más milagroso de Sevilla: el Cristo de San Agustín, titular de la Hermandad de San Roque. Tras aquellas plegarias, la peste desapareció y la ciudad al fin respiró tranquila. Desde entonces el Ayuntamiento de Sevilla ha renovado cada 2 de julio su voto de gratitud ante el altar de San Roque.

A las ocho y cuarto de la tarde, comenzaba el rito. Los maceros del Ayuntamiento abrían la comitiva con los hermanos de San Roque, dando paso a la Policía Local de gala y a la representación municipal -con la presencia del Delegado de Fiestas Mayores, Gregorio Serrano; y la Delegada del Distrito Nervión, Pía Halcón-. Mientras entraban, la Banda Sinfónica Municipal, en un despliegue absoluto, interpretaba los himnos de España y Andalucía desde la nave lateral.

Hasta el último detalle estaba cuidado: colgaduras exquisitas sobre la balconada del coro, un altar con velas milimétricamente medidas para el crucifijo milagroso, protocolo de acólitos ante el altar seguido a rajatabla. Conforme avanzaba la celebración, desde el coro cantaban un tenor y una soprano las distintas partes de la misa en una interpretación emotiva y con un repertorio exquisito y clásico.

La historia del Cristo de San Agustín es casi legendaria. Nombrado copatrón de la ciudad por los hechos del siglo XVII, su imagen original dicen que en su época tenía la misma devoción popular que hoy tiene el Gran Poder. Es un cristo al estilo de los Cristos de Burgos, con paño de tela y melena natural, además de una corona de espinas sencilla. La talla que se puede ver ahora en San Roque es de los años de la posguerra, ya que la original fue pasto de las llamas del incendio que aniquiló la Parroquia de San Roque en el 36, que también destruyó al Señor de Las Penas y la Virgen de Gracia y Esperanza.

La tarde de ayer tuvo algo de mágico y ancestral, aunque no son muchos los que conocen esta tradición que se repite cada año en San Roque. Una ceremonia de esas en las que sientes que te transportas a otro siglo y que recupera la que es, probablemente, la tradición más antigua de Nervión.

Puedes ver la fotogalería completa de este rito ancestral en nuestra página de Facebook.

Miguel Pérez Martín

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