Semana Santa

El Sagrado Corazón y la capilla ardiente

Cuando comenzaron a repicar las campanas de la Parroquia de la Concepción, la tarde tenía tintes de verano. Los primeros rayos de sol alcanzaban a los guardabrisas del paso del Sagrado Corazón mientras el duelo de los recuerdos que se marchitan convocaba a la multitud en el Sánchez Pizjuán.

La cofradía del Sagrado Corazón de Jesús, Gloria de Nervión, y la capilla ardiente de José Antonio Reyes coincidieron en la tarde del día más caluroso que hayamos vivido en 2019. La alegría de las trompetas y el quebranto de las lágrimas mostraron ayer las dos caras de una ciudad que mezcla sus pasiones.

Y hubo un momento en el que ambas se encontraron en el etéreo reino de la música. El recuerdo al futbolista cuyo féretro velaban miles de almas en el estadio fue tan sutil que pocos se dieron cuenta. Cuando el Sagrado Corazón salía del Hospital de San Juan de Dios y miraba al estadio, sonó ‘Rey de Reyes’ por la Banda del Maestro Tejera. Y el recuerdo voló con el viento más allá de José Luis de Casso, como un mensaje cifrado. «Quien tenga oídos para oír, que oiga», recogieron los evangelistas.

Por lo demás, la tónica de la tarde fue el clasicismo y elegancia de una procesión que cada año reúne a más vecinos en torno a ella. A pesar de lo que marcaba el termómetro, casi 40 grados en el momento de la salida y a pleno sol por Cristo de la Sed. Más que necesario y comprensible que cada vez que el paso se detenía, los faldones se levantaban para que el aire de las bodegas del Sagrado Corazón se renovara.

La noche culminó por la intimidad de las calles de su barrio, como Jaime Ferranz o Padre Pedro Ayala. Cuando el Sagrado Corazón regresaba con los candelabros encendidos, en el estadio se prendía un mar de bengalas rojas mientras el ataúd se despedía del Sánchez Pizjuán. Allí, el adiós fue de aplausos. En la puerta de la Concepción, la despedida sonó a la marcha ‘Cristo de la Sed’, anunciando que la próxima vez que Dios salga por esa puerta será para celebrar los 50 años de la hermandad de penitencia de Nervión. Y, de nuevo, todo quedó en silencio. Que el barrio duerma, que la vida sigue.

M.P.M.

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