Diario del virus (VI): Viaje al Nervión silencioso de las callejuelas

La némesis del Nervión de las avenidas. Ciudad Jardín y el Viejo Nervión son el gérmen, hoy silencioso, del sueño de un hombre llamado Aníbal.

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Son días de plegarias, aunque más descafeinadas desde que las ocho son el momento de lanzarnos a la calle y los aplausos han perdido algo de fuerza. Parece que nos vamos aclimatando, como cada año, a ese calor que llega de improviso para darnos de que hablar en los rellanos y ascensores. Aunque ahora en el ascensor solo le hablemos al espejo desde el otro lado de la mascarilla.

La calle está más viva, aunque los bares pequeños de siempre siguen con la persiana echada. Mirando el luminoso añejo de Casa Guillermo, entre Marqués del Nervión y Las Palmeritas, me pregunto cómo será la apertura. Muy cerca, hay una imagen de esa Sevilla de los invisibles. Un sintecho ha encontrado en unos soportales una buena parcela para montar su improvisado hogar. Y desde que comenzaron los paseos, me llama profundamente la atención un pequeño altar que tiene montado junto a la pila de cartones, con algunas estampas de vírgenes y fotos pegadas a una cartulina y ante las que hay siempre una vela encendida. Lejos de las bóvedas decoradas y los campanarios majestuosos que llevan vacíos semanas, Dios se ha aparecido en el relente, como decía Carlos Herrera, en un trozo de cartón con una tímida vela ante él.

En Las Palmeritas, el trajín de la mañana ha dejado paso a los mozos que terminan de finiquitar el cierre de los puestos antes de poner rumbo a casa. Héroes de carretilla y balanza cuyas voces retumban en el eco de la manzana. En La Milagrosa un pórtico de flores de colores enmarca una puerta cerrada a cal y canto. Pero la puerta lateral del recinto siempre está abierta, porque allí vive la comunidad activa que desde el inicio de la pandemia ha repartido cuatro toneladas entre alimentos y ropa para aquellos a los que esta extraña primavera ha atacado con saña.

Atardecer en la Gran Plaza.

En las calles de Ciudad Jardín, los que tienen un bajo de las colectivas son ahora los privilegiados. Porque a través de la reja pueden mirar a los ojos a los que han salido a pasear. Tan cerca y tan lejos, qué abismo es un metro y medio cuando lo que se busca es el contacto humano y no se puede. Cruzando el cielo de Antonio de Nebrija siguen colgados los banderines de la discordia. Allí empezó la batalla entre dos bandos durante la semana de Feria: entre los que pedían celebrar la vida a pesar de todo, y los defensores del luto y el silencio por los miles de muertos de la pandemia. ¿Quién lleva la razón? Quizá los dos. Me gustaría saber qué piensan de todo esto los hijos de la guerra del 36.

Ciudad Jardín parece un barrio en el que todo se mezcla, pero nada más lejos de la realidad. No hay barrio más ordenado que este, en el que las jacarandas visten de morado las glorietas y las calles parecen extenderse hacia el infinito. Aníbal González quiso aquí hacer sus Campos Elíseos a la sevillana, y le quedó un pequeño tesoro inacabado en el que sigue oliendo a limonero y a dama de noche. En Almotamid los arbolitos que plantaron crecen a buen ritmo. Los naranjos con un poco menos de entusiasmo. Quizá el problema para los árboles éramos nosotros.

Esperando los caracoles en el Bar César.

El sol se esconde entre las palmeras de la Gran Plaza y Marqués de Pickman es la paradoja de las avenidas. Mientras las demás del distrito se ven deslucidas y hay un rosario de escaparates llenos de polvo, en esta otrora calle grande de Ciudad Jardín se suceden las puertas abiertas. La caída del comercio en Marqués de Pickman ha sido sangrante a lo largo de las décadas, hasta que quedaron algunos comercios de barrio pequeñitos y una sucesión de takeaways. Precisamente esos locales de comida para llevar o esa tienda de reparación de bicicletas siguen estos días con las puertas abiertas. En el Nuevo Rinconcillo, las mesas como barbacana para iniciar el reparto de caracoles. En la puerta de al lado, la freiduría resucitada hace unos meses lanza su olor a chocos hacia la calle.

Al final de la calle, la gente ha recuperado el bulevar del Tamarguillo. De su proyecto de rehabilitación nunca más se supo, como de muchas otras cosas anunciadas a bombo y platillo. Muchas bicis y corredores por el bulevar, aunque los litroneros de los bancos se resisten al confinamiento a sorbos de Cruzcampo. En el Bar César, la ventana despacha caracoles a una larga cola con distancia de seguridad que llega a Marqués de Pickman. El boom del caracol esta primavera es digno de estudio. Al llegar a La Ranilla, en el balcón de entrada de la comisaría, un policía otea el horizonte con la mascarilla puesta y los ojos nostálgicos. La lucha contra los insolidarios ha de ser agotadora.

El Parque de La Ranilla ayer por la tarde.

En el Parque de La Ranilla me reencuentro con la vida. Desde su inauguración, solo había vuelto un par de veces. Y me veo en un parque precioso, todo sea dicho. Las trepadoras de las pérgolas construyen dos largos pasillos verdes en lo que fue lugar de tortura e injusticia, y las fuentes visten la tarde de un susurro de rumor de agua que me hace respirar hondo y sonreír. Aunque estamos fuera de hora, hay algún niño por el parque y si bien las plantas están bien cuidadas, la hierba es un cuadro. La fuente en la que se bañaba el hombre desnudo pegando a Vidal de Noya es la única que está sin agua. Hombre precavido vale por dos. Recorriendo el viejo Nervión silencioso, solo se oye el canto de los pájaros mientras los vecinos pasean ordenadamente. En la puerta de la Concepción los carteles de los cultos se deshacen por los efectos el clima, y el Colegio Cruz del Campo, cerrado a cal y canto, ha sido tomado por un campo de malas hierbas de medio metro de altura.

En la Gran Plaza el parterre que resucitaron los amigos de la Red Sevilla por el Clima es un manto verde lleno de pequeñas flores, aunque las latas de cerveza y la basura que la gente tira a su interior deslucen su magia. Son las nueve y media y, con el día vencido en Beatriz de Suabia, tres jóvenes con acento de fuera rondan en el balcón a otro amigo. «Con los patines estoy en cualquier sitio de Sevilla en una hora», dice uno. Puede que sea el momento para volver a patinar. Las farolas comienzan a encenderse en Cardenal Lluch con esa luz anaranjada de sus antepasadas de gas, y una mujer mayor sola presencia el espectáculo desde el balcón de su casa coqueta.

En la casa en la que vivió Jorge Guillén de la esquina de Juan de Padilla una habitación encendida proyecta a la calle su luz entre una celosía de rejas y macetas. «El mundo tiene cándida / Profundidad de espejo. / Las más claras distancias / Sueñan lo verdadero», que decía el poeta. El barrio se mira a sí mismo estos días, saca a relucir sus fortalezas y sus miserias, y sueña la verdad que acomplejan las distancias. Día 52 de confinamiento. Ya queda menos.

El parterre renacido de la Gran Plaza.
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