Tribuna abierta

Dejad que la naturaleza se abra paso entre las calles

Bosques en La Calzada. Bulevar amplio en Eduardo Dato. Jardines en el entorno de la Gran Plaza. Y hasta una gran laguna con aves de especies protegidas junto al Sánchez Pizjuán. Hablamos de árboles y de urbanismo sostenible en estos tiempos, pero la historia de la ciudad ha demostrado que solo hay que dar un pequeño empujón a la naturaleza y dejarla estar para que ella haga lo que la tierra manda.

Nos hemos acostumbrado a que la plantación de una hilera de árboles se convierta en una celebración. Cada alcorque que recibe unas raíces nuevas es un hito, cada parterre al que llegan flores es un milagro. Pero hubo un tiempo en que era más fácil. No había que hacer tantos esfuerzos, era más cuestión de no poner trabas o demasiados corsés a la naturaleza.

En estos días hemos visto el proyecto de Málaga para crear un bosque dentro de la ciudad, en una parcela rodeada de edificios de viviendas. De repente se nos ha antojado una locura, porque tenemos en la cabeza el concepto de que una ciudad puede tener un parque pero no un bosque. Sevilla es cierto que no los tuvo dentro de la ciudad, al menos del concepto de ciudad que tenemos ahora. Pero se nos habla en las crónicas de una verdadera «selva de alerces» en la zona de Tablada y de un bosque en el barrio de la Calzada. En el siglo XIX, con la intención de ampliar lo que hoy es Luis Montoto, quedaba un último alerce que fue talado por el «bien del progreso», su condena fue haber nacido donde tenía que mandar el asfalto. Hubo movilizaciones y una defensa del árbol, pero acabo siendo talado. Eso sí, en su recuerdo se rotuló en La Calzada una calle Alerce.

En el corazón de Nervión sucedió algo más singular. Fue la venganza perfecta de la naturaleza, a la que se demostró que si se le deja un ratito sola, recupera lo que es suyo. Algo que saben muy bien en La Ranilla, donde durante décadas el Tamarguillo luchó una y otra vez por recuperar su cauce y su caudal cuando las lluvias apretaban, inundando la zona. Lo mismo pasaba en La Alameda, donde la antigua laguna volvía a aflorar cuando los temporales llegaban. El caso es que muchos recordarán que, con la Expo de 1992 en el horizonte, los cambios en la ciudad fueron notables. Uno de ellos, el buque insignia del nuevo Nervión, iba a ser el complejo de rascacielos y hotel de lujo diseñado por Stirling en lo que hoy es el Nervión Plaza. Pero, como en toda obra que se precie, comenzaron las trabas y los retrasos.

Se excavaron los cimientos, de varios metros de profundidad, ante el mosaico del Sánchez Pizjuán. Y la obra se detuvo. ¿Qué sucedió? Pues que aquel foso enmarcado entre los nuevos edificios de Nervión comenzó a llenarse de agua y a desarrollar ecosistema propio. En aquellos años, se transformó en lo que muchos llamaron «el lago Stirling». Una suerte de laguna en la que comenzó a crecer el carrizo y la enea en aquella primera mitad de la década de los noventa. Y empezaron a anidar las aves. Especies protegidas como el calamón o el zampullín, y otras más comunes como las pollas de agua o las fochas. Las aves sobrevolaban Nervión en un pequeño paraíso improvisado, y los veranos eran de batalla de madrugada de los vecinos con los mosquitos atraídos por el agua estancada. En solo unos años, la naturaleza hizo lo que tenía que hacer: recuperar un terreno que hacía solo unas décadas era campo. En 1996 aquella laguna fue desecada y los nidos y pájaros, trasladados. Y se levantó el Nervión Plaza.

Bulevar en Eduardo Dato.

Justo cuando Nervión dejó de ser campo, fue cuando desapareció un paisaje que había sido oasis para el Casco Histórico. Ya había desaparecido el arroyo Tagarete, que si hoy siguiera habría llenado de puentes Menéndez Pelayo y Amador de los Ríos. Y el Tamarguillo iba a ser soterrado y posteriormente desviado para derribar los puentes de la ronda que hoy lleva su nombre. Aquel Nervión primigenio tenía un gran bulevar en Eduardo Dato, una suerte de memoria al ensanche barcelonés que había sustituído con la llegada de las avenidas a las huertas que dieron el nombre a la Huerta del Rey. Y aquel Nervión, cuya piedra angular era la Ciudad Jardín de la Esperanza, había sido diseñado por Aníbal González bajo la premisa de «cada familia una casa, cada casa un jardín».

Cualquiera que se dé un paseo ahora por esa zona primitiva de Nervión echará de menos los jardines. Es el cambio de concepto de la ciudad, el cambio de mentalidad del que cierra una terraza para tener más espacio interior, el que construye una nueva habitación en un patio o el que enlosa un jardín para no tener que dedicar tiempo a cuidarlo. Es la pérdida de la sensibilidad hacia aquello que amaron todas las civilizaciones que habitaron Sevilla. Vivir en comunión con el exterior, llenar los balcones de macetas, poner fuentes y naranjos en los patios. Vivimos de puertas para adentro, cerramos y cerramos para vivir de espaldas al verdor. Ponemos ventanas, cubrimos de linternas los patios, cortamos los naranjos y limoneros para ganar espacio para usarlo para algo que realmente no necesitamos. O que, probablemente, no es tan importante como tener un perfume de azahar junto a la ventana cada primavera.

El urbanismo tiene que cambiar de rumbo, se ha convertido en una necesidad en la que ya están trabajando la mayoría de las ciudades del planeta. Una acera sin baches es tan importante como una hilera de árboles, ahora no hay duda sobre ello. Las actuaciones de los ayuntamientos son fundamentales y cargan con el mayor peso para que las ciudades sean cada vez más habitables. Pero ese trabajo debe ir en consonancia con una ciudadanía que entienda que esto es también trabajo suyo. Árboles asfixiados para colocar en ese alcorque un velador más, parterres que entendemos como vertederos y en los que no dudamos en tirar nuestra basura, coches que aparcan sobre jardines para la organización del enésimo evento, jardines sin vallado que no dudamos en pisotear para tardar 5 segundos menos en llegar a nuestro destino.

Nosotros, los ciudadanos, somos responsables de la ciudad de hoy como lo fueron en su tiempo romanos, árabes, visigodos o indianos. Y a veces es solo cuestión de respetar, de dejar que la naturaleza se exprese o que sean los expertos los que la traten cuando sea necesario. Tenemos la ciudad en nuestras manos. Sevilla será lo que nosotros hagamos que sea. Recuperemos los balcones y los patios, los jardines y los alcorques. El arma para librar esta batalla son macetas y arriates, y una estrategia de agua y cuidados. La Sevilla Verde que quiere coronarse en 2023 es solo la excusa, el verdadero destino es una ciudad en la que todos respiremos hondo con orgullo. Volver al espíritu de Isbilia y de la Ciudad Jardín, donde una casa no sea concebida sin una comunión con la vida vegetal.

Miguel Pérez Martín

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