Diario del virus (XI): De santos y sostenes

Hay gente que se encomienda a los santos y hay otros que confían más en los sostenes. Cada uno elige el clavo ardiendo al que agarrarse cuando todo se desmorona.

publicidad

Si nos robaron el mes de abril, tampoco ha sido menos este mayo. La primavera se nos ha ido como a mí se me iba el C2 cuando iba a la facultad. Por eso empecé a ir en bici. Si a alguien le duele fuerte el mayo confinado es a la familia salesiana, que en estos días debía estar entronizando a su Virgen de larga melena para salir a la calles del barrio. Eso no sucederá. Pero parece que sí. Todo es igual en la iglesia del colegio: guirnaldas de flores, banderolas, una pancarta que nos recuerda que a ella es a quien hay que pedir auxilio. Y una cinta de raso aferrada a la cancela, rosa y celeste, como una promesa bicolor que llevan tatuada en el alma todo aquel que haya pasado por una comunidad salesiana.

Adentrándome por las callejuelas aledañas a Eduardo Dato, en Padre Campelo El Coli ha bendecido el aire con el adobo de sus boquerones. Como en Blanco Cerrillo o en la pollería de la Puerta de Carmona, el olor sigue siendo la mejor campaña de marketing posible. Ni SEO ni leches. Solo he pasado por la calle y ya tengo ganas de llenar la bañera de boquerones y meterme en ella. En San Francisco Javier son los vicios del tabaco los que tienen éxito, porque la cola del estanco va para rato. Fumando está también el barbero del establecimiento cool que han abierto en Eduardo Dato. El barbudo luce su frondosa y geométrica mata de vello facial mientras le da una calada a su cigarro en el dintel de la puerta. ¿Se puede ser más hipster? Creo que no.

Colores en las Salesianas y San Benito.

En el parque de Santo Domingo de la Calzada el litroneo es más descarado. Tres grupos en bancos con sus bolsas en el suelo. Son los peligros del subconsciente veraniego: llega el calor y la chavalada lo asocia con el bebercio en la calle. Y eso en otro tiempo no se puede hacer, pero es que ahora además es una irresponsabilidad. Que no te estoy diciendo que te quedes en tu casa, que te puedes sentar en un bar y por unos eurillos te tomas unas cervecitas. Al acabar la noche, me encontraré hasta un lote de ron vacío con sus vasos y su refresco en plena Villegas y Marmolejo. No hay miedo. Ni vergüenza.

En los veladores de la Buhaira las copas entran con facilidad mientras cae la tarde y el termómetro un poco trastornado de Luis Montoto marca 37 grados. En la antigua Abengoa, ese edificio que dicen que tiene fachada masónica, las obras del hotel siguen adelante. Un hotel para quién y para cuándo. ¿Seguirán en marcha todos los proyectos hoteleros de la ciudad cuando solo tenemos incertidumbre? El tiempo lo dirá. La torre de San Benito presume de antigüedad entre la celosía de las jacarandas florecidas. En La Chicotá han desaparecido las mesas del primer día de apertura de los bares. El control de la terraza era complicado, y han optado por el servicio de recogida de tapas. Y no les falta cola, la clientela es fiel y me alegro de que los parroquianos apoyen a sus tabernas ahora que tanto lo necesitan.

Piernas al aire en la esquina de Juan Antonio Cavestany, pantalones cortos que han venido para quedarse y para ir cogiendo colorcillo después de dos meses en el búnker. En los restos de los Caños de Carmona, la cerámica Virgen de las Madejas tiene flores frescas de algún vecino detallista que quizá ha venido a pedirle salud. En Amador de los Ríos, mesas y brindis. Disfrute responsable con todas las medidas pero con mucha alegría. El barrio de San Roque se toma un respiro. Aunque para respiro el padre que, con su hijo adolescente, viene de recoger un jamón. Ojalá alguien me abrace alguna vez como el niño abraza a la pata ibérica.

Una lona con San Roque en la Plaza de Carmen Benítez.

Llego a la Plaza de Carmen Benítez. Dos meses y medio hace que no te veo. Sobre la fachada de San Roque, una lona con la imagen del santo titular de la parroquia. Por algo es el protector ante las epidemias. Si tienen que rezarle a alguien es a este santo que en su día quedó eclipsado por su perro. De algo de eso saben en la Hermandad de los Caballos. En la plaza, las señoras mayores departen y arreglan el mundo en los bancos o de paseíto por las calles estrechas. Salirse a la puerta a charlar y tomar el fresco ha vuelto. ¿Para quedarse? Espero que sí.

La manzana de La Florida de la que todo el mundo hablaba hace menos de un año por el hallazgo de los restos romanos en sus entrañas, ha vuelto a ser invisible y ya a nadie le importa. Qué poca memoria tenemos. Trasiego de gente en Menéndez Pelayo, donde los contenedores están hechos un asco. En uno hay hasta zapatos alrededor, ropa, tablones de madera, botellas que rebosan el contenedor de cristal… y una pizarra, parece de una clase de inglés. En ella puede leerse como una profecía: «Haz una cosa por mí, vive una vida fantástica». Pues qué quieres que te diga, nada que reprochar.

Las plantas desbordan los rincones del distrito.

Grupos de hasta 15 ciclistas cuento por el entorno de la Puerta de la Carne, pero el dardo que ha venido para herirme está en la otra acera. El Coronado con su persiana metálica echada, catedral de la cerveza del distrito. A este sí que había que ponerle flores en la puerta. Cuando abra y comience el quinario de la cebada van a tener que cortar la avenida. Al fondo, en el Cid, las luces azules de la policía vigilan la cacerolada de la tarde que Aníbal González debe estar viendo en primera fila desde su pedestal. En la glorieta de Soledad Becerril (la de la farola bonita del antiguo Equipo Quirúrgico), los maceteros se han desbordado tanto que las flores parece que nacen del suelo en forma de matorral. Menos lucidas están las plantas de la plaza del mercado. Qué lastimita.

Entrando en el arrabal de San Bernardo, dos mujeres pasean:

– Ahora hay que ponerse la mascarilla siempre.

– Pues si voy en la moto y veo a la policía, me quito el sujetador y me lo pongo en la boca. Eso cuela, ¿no?

– ¿Y con la otra parte del sujetador qué haces?

– Me la dejo colgando como una bandera al viento, eso no se nota.

En fin. La puerta del centro de adultos de San Bernardo está a dos matojos de la declaración de zona verde. Qué exuberancia. En este barrio siempre tan silencioso os diría que veo más gente por la calle que antes de la pandemia. Puede que otra de las cosas que hayamos aprendido con esto es a pasear la ciudad y a valorar lugares como San Bernardo. Aquí se desinfecta a la antigua usanza y las vecinas baldean la acera delante de su puerta. Mientras la noche despliega su manto sobre el arrabal, los pájaros dan un concierto con exhibición aérea alrededor de la torre albero de la parroquia. Qué barrio este, qué maravilla. Con razón mi amigo Rafa siempre dice que cuando tenga pasta se compra una casita aquí y a vivir la vida con tronío. Es que esto es otro mundo. Otro mundo pasado pero quizá mejor, el de la vida sencilla y el urbanismo amable. Bendito seas, San Bernardo.

Disfrutando las callejuelas de San Bernardo.
publicidad

Compartir:

Otras noticias

Comer en Nervión