Diario del virus (IX): Bienvenidos a la libertad

«Bienvenidos a la libertad», reza una marquesina de autobús en la Cruz del Campo. A esta libertad rara que, como la mentira, tiene las patas cortas.

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La muestra de que ‘El Quijote’ es una novela atemporal es que, a día de hoy, el mensaje del hidalgo de Cervantes sigue vigente. «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida», dice el hidalgo en la novela de caballería. Don Quijote somos todos, con todas sus consecuencias.

Esta semana de mayo nos han dado la mano y algunos han cogido el brazo. Y la llamada policía de balcón ha comenzado con su caza de brujas en las terrazas. Creo que hay que estar muy seguro para señalar con el dedo a los que incumplen. Muy seguro. Porque acusar es tan fácil como poner un tuit, y antes hay que ver si tenemos fundamentos para crucificar, matar y sepultar. Los 10 segundos antes de hablar nunca fueron tan necesarios como ahora. Eso no significa que se pueda consentir todo. Hasta ahí podíamos llegar. No tengo dudas de que al salir a la calle este martes lo que sucede en el entorno de Las Palmeritas es una vergüenza. Cuento hasta tres grupos de chavales para los que la Fase 1 es ya la nueva normalidad. Litronas y tinto de verano en la calle, compadreo en los aparcamientos y nulo distanciamiento social. Eso sí, los guantes que no falten. En el Parque García Lorca más de lo mismo: el litroneo ha vuelto a las pérgolas y los jóvenes no han entendido que reunirse en un bar no es lo mismo que reunirse en un banco del parque. No entienden el BOE de las normas de la Fase 1, pero viendo cómo nos lo han explicado, normal que no lo entiendan.

Los mandamientos de la gentrificación.

La ciudad es más frágil que nunca, y empiezo a pensar que los que hablaban del error de apostar todo al turismo tenían razón. En la Escuela de Arte de la esquina de Juan de Padilla, un cartel que es una obra de arte te canta las verdades desde la pared. Los diez mandamientos de la gentrificación, con frases como «santificarás las franquicias» o «te apropiarás de la cultura local». En la acera de enfrente, me alegra ver que ha abierto el Bar Doñana, un clásico de Ciudad Jardín. Dos mesas ocupadas, un abismo entre ellas. Cero dramas, cero bacalao que cortar para los de los golpecitos de pecho.

Me vuelvo a cruzar con el hombre misterioso de cada día. Lleva gorra roja, barba blanca y un abrigo largo de color marrón claro. No sé si es un mendigo o un grunge fuera de época. A ver si alguien me lo aclara. Los semáforos de la Gran Plaza llevan todo el día jugando al ‘Simon’, aquel juego en el que se encendían las lucecitas y te volvía loco. Los semáforos hacen lo que les da la gana y la policía ha vallado los carriles centrales para que esto no se transforme en otro juego, el ‘Need for Speed’. Gran Plaza en la que algunos bares han abierto, otros no. lo que no faltan son hojas en el suelo. Se pueden coger por kilos. Ahí hay negocio.

Cortes en la Gran Plaza y el otoño tardío.

La Parroquia de la Concepción muestra su cara más imponente debido al virus. Gracias al menos por eso, coronita. Puertas abiertas de par en par y un cortinaje rojo gigantesco cubriendo el altar, sobre el que se perfila la iluminada silueta del Señor de Nervión, el último que salió en su paso hasta el día de hoy. En una marquesina de bus de la Cruz del Campo, el anuncio de un banco reza «bienvenidos a la libertad». Ahí, con un par. Aunque si hay nueva normalidad, por qué no va a haber nueva libertad. Lo nuevo no es mejor, pero es lo que hay.

En Luis Montoto se nota que los coches han vuelto, quizá lejos de aquellas aglomeraciones de esta entrada a Sevilla desde el Este, pero han vuelto. El humilladero sigue tan solo como siempre, a pesar de ser posiblemente uno de los tesoros que tenemos. En la acera de enfrente, un bar con sus mesas bien separadas acoge a una parejita que se hace carantoñas entre tapa y tapa. El resto de la terraza está vacío. A ver si se enteran los guardianes de las esencias que hay más bares que farolas en esta ciudad. Al avanzar por Luis Montoto, un hombre dice: «Antes la gente competía por coger sitio, ahora nadie se quiere sentar en los bancos». Más adelante, los locales abandonados de escaparates polvorientos nos recuerdan el ocaso de esta avenida. Nadie los quiso cuando vivíamos en bonanza… ¿Quién los querrá cuando esto termine?

Puertas abiertas en la Concepción.

El Corte Inglés parece una parroquia dos horas antes de que salga la cofradía. La puerta entornada y lo justo para que entre un cliente al supermercado, las persianas echadas. En Luis de Morales, una dependienta de una zapatería armada de paciencia desinfecta los pares de zapatos uno a uno. En una tienda de decoración y a puerta cerrada desinfectan el local para el día siguiente. Los skaters han recuperado su reino de granito y pendientes en la trasera del Edificio Galia. Antes de cruzar Eduardo Dato, un chavalito en bici a mi lado canta canciones de Calle 13 con la mascarilla puesta. Y suena como cuando te llaman y suena el móvil dentro de la mochila, como un gato maullando en un maletero. La música va a seguir confinada mucho tiempo, pobre ella, cuando es el bálsamo para todos los males.

Por San Francisco Javier van dos parejas. Uno de ellos dice que en el bar que, como Voldemort, no debe ser nombrado, había 100 personas. Dos semanas más y ríete tú del aforo del Estadio de la Cartuja. Por favor, basta ya. Nadie quiere revivir aquel lunes de comunicados y fotitos en una espiral demencial de guión de Berlanga. La policía actuó y ya. No pienso seguir hablando del tema. En Sevilla 2 los millennials recuperan su vida social en un terraceo intenso. Para el gintonic siempre hay tiempo.

El tráfico se ha incrementado en las avenidas.

Pasa un modernito. Lo de las mascarillas en la barbilla porque estas hablando con tu amigo por el móvil no lo entiendo. He mandado audios con la mascarilla puesta y se escuchan perfectamente. Aunque las mechas californianas del sujeto me tenían que haber dado una pista. Ante un salón de juegos cerrado y entre calada y calada de un cigarro de liar, un chaval con la sudadera negra abrochada hasta arriba cuenta una de las historias que ya están sucediendo. «Yo a lo ultimo que me dedicaba era a montar escenarios para eventos. ¿Ahora qué hago?», pregunta a los vientos. Pero los vientos no tienen respuesta.

Mientras recorro Ramón y Cajal, ya no me cruzo con los runners primerizos de los primeros días. ¿Quién quiere seguir fingiendo cuando los tiradores ya están a pleno rendimiento? El nuevo edificio de Ramón y Cajal -frente a la calle Ulía- es mas de lo mismo y me interesa cero. Pero hace mucho que a los que construyen en esta calle también les interesa cero todo. Menos mal que nos quedan las casitas de la acera de enfrente y el edificio de Aníbal González. Moderno y carente de toda estética no tienen por qué ser sinónimos.

En una esquina, un dardo al corazón. El luminoso de la Cervecería Urbión, faro de Alejandría de los que aman la cerveza helada y la mojama, sigue encendido. Que aunque sus persianas estén echadas, no quiere que nos olvidemos de ella hasta que vuelva a abrir. Quién se va a olvidar de ti, vida mía. Quién te va a querer así como yo… cuando todo acabe.

Edificio nuevo en Ramón y Cajal y chavalada en el parque.
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